Parroquia Santisimo Redentor Madrid

25 de Noviembre: Domingo XXXIV del Tiempo Ordinario Ciclo B

 

 

PRIMERA LECTURA: Lectura de la profecía de Daniel (7, 13-14)

 

Mientras miraba, en la visión nocturna vi venir en las nubes del cielo como un hijo de hombre, que se acercó al anciano y se presentó ante él.

Le dieron poder real y dominio; todos los pueblos, naciones y lenguas lo respetarán. Su dominio es eterno y no pasa, su reino no tendrá fin.

 

Palabra de Dios.

 

 

 

SALMO RESPONSORIAL – Salmo 92

 

R./ El Señor reina, vestido de majestad.

 

El Señor reina, vestido de majestad,
el Señor, vestido y ceñido de poder. R./

Así está firme el orbe y no vacila.
Tu trono está firme desde siempre,
y tú eres eterno. R./

Tus mandatos son fieles y seguros;
la santidad es el adorno de tu casa,
Señor, por días sin término. R./

 

 

 

SEGUNDA LECTURA: Lectura del libro del Apocalipsis (1, 5-8)

 

Jesucristo es el testigo fiel, el primogénito de entre los muertos, el príncipe de los reyes de la tierra.

Aquel que nos amó, nos ha librado de nuestros pecados por su sangre, nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios, su Padre.

A él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.

Mirad: Él viene en las nubes. Todo ojo lo verá; también los que lo atravesaron. Todos los pueblos de la tierra se lamentarán por su causa. Sí. Amén.

Dice el Señor Dios: «Yo soy el Alfa y la Omega, el que es, el que era y el que viene, el Todopoderoso».

 

Palabra de Dios.

 

 

 

ACLAMACIÓN DEL EVANGELIO

Aleluya, aleluya, aleluya.
Bendito el que viene en nombre del Señor.
Bendito el reino que llega,
El de nuestro padre David.
Aleluya.

 

 

 

EVANGELIO: Lectura del santo Evangelio según san Juan (18, 33b-37)

 

En aquel tiempo, dijo Pilato a Jesús:

«¿Eres tú el rey de los judíos?».

Jesús le contestó:
—«¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?».
Pilato replicó:

«¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho?».

Jesús le contestó:

«Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí».

Pilato le dijo:

«Conque, ¿tú eres rey?».

Jesús le contestó:

«Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz».

 

Palabra del Señor.

 

 

 

Un testigo chocante

 

El año litúrgico termina con la festividad de Cristo, Rey y Señor: todo un símbolo del reconocimiento que Jesús se merece. Se le ha dado este título por su calidad humana y creyente. Pero tengamos presente que él reina desde la cruz. Ese es su trono sorprendente.

Muchos no entienden debidamente este honor dirigido a Jesús. Su reinado no se parece en nada a lo que muchos sueñan. Él eligió una vida despojada, sencilla, servicial y obediente a la voluntad de Dios. Su reinado se llama solidaridad, fraternidad, comunión… En su proyecto no caben términos como poder, egoísmo, orgullo, envidia, hedonismo, vanagloria… Su autoridad no es otra que el testimonio y el servicio.

Ciertamente, Jesús es un rey distinto. Reina ofreciendo misericordia, redención, verdad desnuda… Reina desde el silencio, sin ruido ni gestos espectaculares… Reina respirando Espíritu nuevo y santidad. Para colmo, es un rey frágil, sin escolta, sin ejército, al que fácilmente se le puede atrapar y crucificar.

Ahí tenemos su radicalidad testimonial y su testamento. Ahora nos toca mantener la alternativa de este Reino, que no es de este mundo, pero sí para este mundo. En la oración que Jesús nos entregó incita a pedirlo y a desarrollarlo como el Padre lo sueña: verdad, vida, libertad, justicia, amor, paz…

Valorar y celebrar la realeza de Jesús provocan apuntarse al Reino de Dios, que primero fragua en el corazón y después se testimonia.

Por eso, es preferible aplaudir menos a Jesús y comprometerse más. Él es Señor no ganando puntos, sino “perdiendo”; no triunfando, sino muriendo; no sobresaliendo como un famoso, sino despojándose de toda vanidad; no acumulando, sino dando…

 

 

 

 

ORACIÓN COMUNITARIA

 

Señor, Dios nuestro,
evocamos ante ti la historia de Jesús de Nazaret,
un hombre que se atrevió a llamarte Abba, Padre,
y nos enseñó a repetir este nombre.

Dios y Padre nuestro,
te damos gracias por ese hombre
que ha transformado el rostro de muchas personas.

Recordamos que por donde pasaba Jesús
la gente descubría su humanidad,
se llenaba de una nueva riqueza
y muchos se entregaban al servicio del prójimo.

Recordamos cómo habló de una oveja descarriada,
de un hijo pródigo, de los extraviados que no cuentan
y de los pobres sin libertad y sin cariño.

Recordamos que él fue en busca de ellos,
que tomó partido por ellos sin olvidarse de los demás.
Fue tanta su entrega y sinceridad que le costó la vida:
los poderosos de la tierra no lo toleraron…

Pero tú lo resucitaste y lo confirmaste como Señor.
Él se fundió contigo para siempre
y es para nosotros Evangelio y Redentor.

Por eso, con Jesús glorificado,
te alabamos y te bendecimos.