Parroquia Santisimo Redentor Madrid

23 de Diciembre: Domingo IV de Adviento

 

 

PRIMERA LECTURA: Lectura de la profecía de Miqueas (5, 1-4a)

 

Así dice el Señor: «Pero tú, Belén de Efrate, pequeña entre las aldeas de Judá, de ti saldrá el jefe de Israel.

Su origen es desde lo antiguo, de tiempo inmemorial. Los entrega hasta el tiempo en que la madre dé a luz, y el resto de sus hermanos retornará a los hijos de Israel.

En pie, pastoreará con la fuerza del Señor, por el nombre glorioso del Señor, su Dios.

Habitarán tranquilos, porque se mostrará grande hasta los confines de la tierra, y éste será nuestra paz».

 

Palabra de Dios.

 

 

 

SALMO RESPONSORIAL – Salmo 79

 

R./ Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve.

 

Pastor de Israel, escucha,
tú que te sientas sobre querubines, resplandece.
Despierta tu poder y ven a salvarnos. R./

Dios de los ejércitos, vuélvete:
mira desde el cielo, fíjate,
ven a visitar tu viña,
la cepa que tu diestra plantó,
y que tú hiciste vigorosa. R./

Que tu mano proteja a tu escogido,
al hombre que tú fortaleciste.
No nos alejaremos de ti:
danos vida, para que invoquemos tu nombre. R./

 

 

 

SEGUNDA LECTURA: Lectura de la carta a los Hebreos (10, 5-10)

 

Hermanos:

Cuando Cristo entró en el mundo dijo: «Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, pero me has preparado un cuerpo; no aceptas holocaustos ni víctimas expiatorias. Entonces yo dije lo que está escrito en el libro: “Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad”».

Primero dice: «No quieres ni aceptas sacrificios ni ofrendas, holocaustos ni víctimas expiatorias», que se ofrecen según la Ley. Después añade: «Aquí estoy yo para hacer tu voluntad».

Niega lo primero, para afirmar lo segundo.

Y conforme a esa voluntad todos quedamos santificados por la oblación del cuerpo de Jesucristo, hecha una vez para siempre.

 

Palabra de Dios.

 

 

ACLAMACIÓN DEL EVANGELIO

Aleluya, aleluya, aleluya.
Aquí está la esclava del Señor,
hágase en mí según tu palabra.
Aleluya.

 

 

 

EVANGELIO: Lectura del santo Evangelio según san Lucas (1, 39-45)

 

En aquellos días, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.

En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito:

«¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!

¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá».

 

Palabra del Señor.

 

 

 

La voluntad de Dios como motivación

 

El profeta Miqueas esboza cómo serán el talante y la misión del Mesías que el pueblo religioso espera como salvador. No vendrá a lo grande. Será un aldeano sencillo, una persona modesta, popular… Eso sí: profundamente creyente, fraternal y pacificador.

Efectivamente, Jesús fue así. La voluntad del Padre fue su gran motivación. Empapado de fidelidad y de colaboración redentora, orientó su vida por la línea del Reino de Dios. Todo su recorrido humano estuvo impregnado por una convicción: “Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad”.

Ahora la Tradición cristiana recuerda que no hay sacrificio de mayor categoría que cumplir la voluntad de Dios. Esto es lo que más le agrada y el mejor testimonio que podemos aportar.

En verdad, Jesús es un ejemplo de cómo vivir disponible ante Dios. Su oración trágica, entre sudores de sangre, en el huerto de Getsemaní confirma hasta qué punto la voluntad de Dios tenía peso y valor para él.

Por otra parte, conforme se acerca la Navidad, María de Nazaret adquiere protagonismo. El encuentro que presenta el Evangelio de hoy es una escena admirable. Está llena de Espíritu, de sorpresa, de ritmo, de alabanza, de felicitación.

Hay que destacar cómo la experiencia de Dios impulsa a María a hacer un camino de solidaridad: fue a casa de Isabel para ayudarla. Pero no fue sola. Iba Dios en ella y con ella. El encuentro entre las dos mujeres embarazadas es de profundo regocijo. Hay un diálogo entrañable entre creyentes. Ambas viven la comunión con Dios. Pero María es realzada y felicitada…

 

 

 

ORACIÓN COMUNITARIA

 

Dios nuestro, unidos a la oración
que te eleva la Iglesia a través de los siglos,
te damos gracias por acercarte en Jesús
y hacerte uno de los nuestros,
llenando nuestra vida de sentido…

En compañía de María creyente
y de Jesús obediente a tu plan de salvación,
comprendemos mejor que cumplir tu voluntad
nos viene bien a todos.

No hay ofrenda ni sacrificio que te agraden más.
Por eso, lo que expresamos tantas veces
en la oración que Jesús nos enseñó,
lo reafirmamos ahora a las puertas de la Navidad:
Padre, venga tu Reino, hágase tu voluntad…
Amén.