Parroquia Santisimo Redentor Madrid

15 de Marzo: San Clemente María Hofbauer (Redentorista)

Hoy,  15 de marzo, en el santoral liturgico se conmemora  a San Clemente María Hofbauer (Redentorista) nuestra Congregación del Santísimo Redentor comparte con la comunidad parroquial esta festividad.

Una mirada a la vida de San Clemente María Hofbauer puede enseñarnos mucho acerca de los sueños que llegan a realizarse, así como sobre la oración y el servicio, sobre la perseverancia en la vida cristiana, sobre cómo hacerse santo viviendo los avatares de cada día, y sobre cómo emplear cada instante de la vida orientándolo hacia su justa meta.

  El éxodo de un pionero

Rasgos biográficos

San Clemente nació en Tasovice (entonces Tasswitz, distrito de Znojmo, Moravia: actual República Checa) en 1750. Fue bautizado con el nombre de Jan Dvořák.

Fue el noveno de doce hijos de María Steer y Paul Hofbauer (realmente, Pavel Dvořák, que cambió su apellido moravo por el equivalente en alemán “Hofbauer”).

Muy pronto, siendo todavía un niño, a raíz de la muerte de su padre, Clemente tuvo que trabajar en una panadería. Después fue estudiante-sirviente en el monasterio de Klosterbruck, donde logró completar sus estudios básicos.

En diversos periodos de su juventud vivió como eremita. Es en esta etapa cuando adoptó el nombre de Clemente María. No satisfecho totalmente con este modo de vida y ayudado por algunas bienhechoras, pudo estudiar filosofía y teología.

Junto con su amigo Tadeo Hübl, entró en la Congregación Redentorista en 1784. Una vez ordenado sacerdote, fue enviado como Vicario General de la Congregación a los países del centro de Europa. Así nacieron nuevas fundaciones redentoristas más allá de los Alpes y comenzó la expansión de la Congregación por todo el mundo.

Clemente vivió en Varsovia durante veinte años, promoviendo nuevas vocaciones para la Congregación. De esta manera, con redentoristas de diversas nacionalidades, desarrolló una gran labor evangelizadora valiéndose de los medios a su alcance: pastoral directa, misión popular, liturgia, asistencia social, educación de niños y jóvenes…

Como representante de la reacción religiosa en respuesta al anticlericalismo reinante, influyó en la vida religiosa de la época. Contribuyó a que el josefinismo, movimiento político en el Imperio austríaco que quería someter la Iglesia al poder político, no se impusiera definitivamente.

En 1808, en plenas guerras napoleónicas, es expulsado de Varsovia y los redentoristas son dispersados. En ese trance, Clemente pensó en ir a Canadá, pero las circunstancias lo condujeron a Viena. Aquí desarrolló la evangelización practicando el acompañamiento espiritual, tanto de religiosos como de intelectuales y artistas. Animó cristianamente varios círculos de influencia cultural, social, política y religiosa.

Clemente murió en Viena el 15 de marzo de 1820. Un mes más tarde, a instancias del papa Pío VII, el emperador Francisco I de Austria firmó un decreto autorizando de nuevo la actividad misionera de los redentoristas en su territorio.

Fue beatificado por León XIII en 1888 y canonizado por Pío X en 1909. Años más tarde, en 1914, el mismo papa lo proclamó copatrono de la ciudad de Viena.

 

Peregrino y propagador del Evangelio

 

El éxodo y la peregrinación son dos datos relevantes en la vida de san Clemente. Se movió por media Europa por discernimiento vocacional o impulsado por la pasión evangelizadora. Llevar el pan de la Palabra de Dios a todos y extender la evangelización son signos claros de su celo apostólico. Tuvo tiempo para dedicarse a los niños, a los jóvenes y a los mayores. Fue un apóstol en toda regla.

Por eso, el 15 de marzo es una fecha que no pasa desapercibida a ningún redentorista despierto.

Celebramos a san Clemente, un santo que sentimos muy nuestro y muy importante por su ejemplaridad, además de la influencia decisiva que tuvo en la expansión de nuestra Congregación. Podemos afirmar que si los redentoristas estamos hoy por todo el mundo, en gran parte se lo debemos al primer impulso de san Clemente de sacar la Congregación de Italia y extenderla por Europa, a pesar de las dificultades, sobre todo políticas. Recordemos que es el tiempo de la Revolución francesa y de las guerras napoleónicas.

En verdad, es una satisfacción poder compartir la espiritualidad de este santo tan querido y apreciado por nosotros. Su figura es poco conocida en la Iglesia universal. No fue un intelectual. No dejó libros ni obras que justifiquen su relevancia. Pero sí dejó una gran herencia espiritual y evangelizadora.

Su vida quedó encuadrada en un ambiente de alternancias y proyección histórica. Sufrió la intromisión descarada del emperador José II en cuestiones netamente eclesiales. Le llegó el influjo de la caída de la monarquía francesa, la formación y caída del poder napoleónico, el romanticismo…

Desde Italia no siempre fue bien interpretado su proceder como redentorista. Más de una vez se le criticó la infidelidad al carisma y a la trayectoria de la Congregación. Sin embargo, la verdad es que, como apóstol, su vida fue una simbiosis de lucha y de cruz. Es lo que le suele suceder a todo pionero que arriesga como punta de lanza…

No obstante, los resultados aparecen más tarde. En la transición histórica del s. XVIII al XIX supo presentar la misión evangelizadora de la Iglesia con una creatividad y desafío propios de una persona emprendedora y edificante. A pesar de vivir en un ambiente de aplanamiento cristiano y de crisis cultural, tuvo el acierto de fomentar, de un modo tenaz, la formación de núcleos de renovación que irían haciendo surgir un movimiento popular cristiano.

El profetismo de Clemente

Este creyente llevaba dentro una fuerte condición de evangelizador. Evangelizar era su misión y su premio. Como en san Alfonso, hay un reclamo de “vida apostólica” que lo inquietaba. El sentido de la redención abundante es una experiencia fundamental que hace de Clemente un redentorista genuino.

Esta pasión evangelizadora es la que le pone en situación de “éxodo”. Como buen evangelizador, no es de los que se quedan en casa. Su empeño pastoral lo lleva a la calle, que es donde hierve la vida y donde se escucha el clamor de los necesitados.

La “geografía del abandono” y los “núcleos de carencia” son los ámbitos que ponen a Clemente en trance de salida apostólica. Ante la imposibilidad política de hacer otra cosa, convierte la pequeña iglesia de San Bennon de Varsovia en una “misión permanente”.

Es especialmente sensible al pueblo llano. Dijo en una ocasión: “Predico de manera que cualquier criada me pueda entender”. Y está atento a las necesidades de los pobres. Cierto día, entró en una taberna de Varsovia, pidiendo limosna para el orfanato que cuidaba. Uno, al verle, le insulta y le escupe en la cara. Clemente sacó el pañuelo, se limpió y le dijo suavemente: “Caballero, esto es para mí. ¿Puede darme ahora alguna cosa para los huérfanos?”. Aquel hombre terminó siendo amigo de Clemente. Le impactó que aquel cura pudiera tener tal dominio de sus reacciones.

Como todos los santos, Clemente sobresale por su humanidad, sencillez y audacia. Todo ello es consecuencia de una fuerte espiritualidad como cimiento, pero también es debido a un gran esfuerzo por su parte. Conjugó el profetismo de la palabra con el apostolado de la “presencia”: hacer que la vida contenga gestos simbólicos que interroguen e irradien. Él tuvo muy claro que antes de abrir la boca como profeta, debía estar hablando con toda su persona.

El Espíritu andaba por allí

Echando una mirada a la historia de nuestra Congregación (284 años), solemos decir que tanto san Alfonso como san Clemente son las dos columnas sólidas sobre las que descansa nuestra evolución. Cada uno realizó una función complementaria.

Si Clemente se lanzó más allá de los Alpes, no fue por simple aventura, sino porque el Espíritu andaba por allí. Debía ser un extranjero el provocador del éxodo redentorista. A partir de entonces, aprovechando los flujos migratorios y el movimiento misional del s. XIX, nuestra Congregación se ha ido extendiendo hasta implantarse en los cinco continentes.

Es verdad que nosotros sonamos menos que otras familias religiosas. A veces nos encontramos con personas que nunca han oído nuestro nombre. No importa. Hay quien reconoce nuestra misión y hasta nos lanza algún piropo. Así, el filósofo francés Maurice Blondel dejó escrito: “¿Los redentoristas? No tienen la elocuencia de los dominicos, ni la impetuosidad de los capuchinos. Pero tienen fe y anuncian con mucha convicción las verdades que todos saben…”. Por su parte, santa Isabel de la Trinidad, gran mística y joven, escribió en su diario a comienzos del s. XX: “El sermón ha estado estupendo… Estos redentoristas nos hacen mucho bien. Es maravilloso cómo nos hablan de Dios”.

Es una satisfacción que nos reconozcan por la sencillez, por la “vida apostólica” y por el testimonio.

Nuestro carisma es estar con la gente, porque la llevamos en el corazón. Lo hemos aprendido de antepasados como san Clemente. Apóstol curtido y emigrante por el Reino, es un foco potente que ilumina nuestra identidad. Al evocar su figura, algo muy concreto queda resonando: es un acierto invertir la vida al servicio del Evangelio.