Parroquia Santisimo Redentor Madrid

Domingo de Ramos

PRIMERA LECTURA: Lectura del libro de Isaías (50, 4-7)

Mi Señor me ha dado una lengua de iniciado, para saber decir al abatido una palabra de aliento…

Cada mañana me espabila el oído, para que escuche como los iniciados. El Señor me abrió el oído. Y yo no resistí ni me eché atrás: ofrecí la espalda a los que me apaleaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no me tapé el rostro ante ultrajes ni salivazos.

El Señor me ayuda, por eso no sentía los ultrajes; por eso endurecí el rostro como pedernal, sabiendo que no quedaría defraudado.

Palabra de Dios.

 

 

SALMO RESPONSORIAL -Salmo 21

R.- DIOS MÍO, DIOS MÍO, ¿POR QUÉ ME HAS ABANDONADO?

Al verme, se burlan de mí,
hacen visajes, menean la cabeza:
acudió al Señor, que lo ponga a salvo;
que lo libre, si tanto lo quiere. R.-

Me acorrala una jauría de mastines,
me cerca una banda de malhechores;
me taladran las manos y los pies,
puedo contar mis huesos. R.-

Se reparten mi ropa,
echan a suertes mi túnica.
Pero tú, Señor, no te quedes lejos;
fuerza mía, ven corriendo a ayudarme. R.-

Contaré tu fama a mis hermanos,
en medio de la asamblea te alabaré.
Fieles del Señor, alabadlo;
linaje de Jacob, glorificadlo;
temedlo, linaje de Israel. R.

SEGUNDA LECTURA: Lectura de la carta del Apóstol san Pablo a los Filipenses (2, 6-11)

Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el “Nombre-sobre-todo-nombre”; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: “¡Jesucristo es Señor! para gloria de Dios Padre”.

Palabra de Dios.

ACLAMACION DEL EVANGELIO

Cristo, por nosotros, se sometió incluso a la muerte, y una muerte de cruz.
Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el
«Nombre-sobre-todo-nombre».

 

EVANGELIO: Lectura del santo Evangelio según san Mateo (27,11-54: extracto)

Por la fiesta, el gobernador solía soltar un preso, el que la gente quisiera… Soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.

Los soldados del gobernador se llevaron a Jesús al pretorio: lo desnudaron y le pusieron un manto de color púrpura y, trenzando una corona de espinas, se la ciñeron a la cabeza y le pusieron una caña en la mano derecha. Y doblando ante él la rodilla, se burlaban de él. Luego le escupían, le quitaban la caña y le golpeaban con ella la cabeza. Y terminada la burla, le quitaron el manto, le pusieron su ropa y lo llevaron a crucificar.

Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo forzaron a que llevara la cruz.

Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota, le dieron a beber vino mezclado con hiel; él lo probó, pero no quiso beberlo. Después de crucificarlo, se repartieron su ropa, echándola a suertes, y luego se sentaron a custodiarlo.

Encima de su cabeza colocaron un letrero con la acusación: “Este es Jesús, el rey de los judíos”.

Crucificaron con él a dos bandidos: uno a la derecha y otro a la izquierda.

Los que pasaban lo injuriaban y decían: “Si eres Hijo de Dios, baja de la cruz”.

Los sumos sacerdotes con los escribas y ancianos se burlaban diciendo:

“A otros ha salvado y él no se puede salvar. Que baje ahora de la cruz y le creeremos. ¿No ha confiado en Dios? Si tanto lo quiere Dios, que lo libre ahora”.

Y hasta los bandidos que estaban crucificados con él lo insultaban.

Desde el mediodía hasta la media tarde vinieron tinieblas sobre aquella región. A media tarde Jesús gritó: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”.

Después dio otro grito fuerte y exhaló el espíritu.

El velo del templo se rasgó; la tierra tembló… El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, dijeron aterrorizados: “Realmente este era hijo de Dios”.

Palabra del Señor.

 

 

 

 

De entrada, contraste…

Entramos en la Semana Santa por medio de un domingo caracterizado por el contraste: por un lado, hay revuelo de ramos y de aclamaciones; por otro, bruscamente se nos coloca ante la trágica pasión de Jesús. Es la cara y la cruz de la vida; la ambivalencia del triunfo y de la humillación, del aplauso y de la amenaza; es también el juego turbio o la doble cara que mostramos muchas veces.

Esta semana, que decimos “santa”, es grande por sus signos, gestos y acontecimientos, que no son solo del pasado, sino que se prolongan o se renuevan actualmente. Hoy se sigue dando el doble juego del aplauso y la amenaza, de la aclamación y la pasión. En la actualidad Jesús sigue muriendo “victoriosamente” en tantas víctimas que lo arriesgan todo como él: sigue salvando, orientando vidas, renovando esperanzas y reforzando convicciones.

La Pascua es conversión hasta el amor total.

Resulta altamente expresivo el texto de la carta a los filipenses. A pesar de su condición divina, Jesús es el siervo despojado, que adopta una vida sin relieve (pasa por la existencia como uno de tantos), pero es servicial y sacrificado hasta el final. Esta manera de vivir le agradó a Dios extraordinariamente.

El Evangelio de la pasión muestra que ha llegado la “hora” de Jesús: el grano de trigo ha de caer en tierra y ha de morir para dar fruto. Jesús va a dar el golpe de gracia. Clavado en una cruz, va a proclamar su alternativa.

Intentaron acabar con él, pero no se ha conseguido apagar su voz, ni enterrar su evangelio; al contrario, se ha convertido en la causa y la motivación que da sentido a muchas personas, entre las que nos contamos nosotros.

ORACIÓN COMUNITARIA

Te alabamos, Padre santo, por Jesús,
siervo y Señor, modelo de generosidad,
Redentor que entrega la vida voluntariamente.
Como una semilla vigorosa y fecunda,
se multiplicó en culto y obediencia.

Su estilo de vida te agradó.
El pueblo intuyó su valía y ejemplaridad,
lo admiró y lo aplaudió muchas veces;
pero no llegó a entender su originalidad,
lo condenó, lo torturó y lo crucificó como blasfemo.

Tú, Padre, siempre a su lado,
recogiste su cuerpo tronchado
y lo llenaste de resurrección.

Satisfecho y orgulloso de su vida,
lo presentas como el gran testigo y salvador.
Gracias, Padre, por Jesús: humano y ejemplar.