Parroquia Santisimo Redentor Madrid

26 de Septiembre: Beato Gaspar Stanggassinger (Redentorista)

             Beato Gaspar Stanggassinger (C.Ss.R.)

 

El 26 de septiembre es la festividad del Beato Gaspar Stanggassinger, presbítero de la Congregación del Santísimo Redentor, (Redentoristas), dedicado a la educación de los jóvenes, para los que fue modelo de caridad alegre y asidua oración. Él nos enseñó cómo caminar por la vida con los ojos puestos en Dios, al lado de Cristo, y siendo hermanos de todos.

De su corta vida se afirma que fue un niño bueno y sencillo; un adolescente de carácter bien definido y hasta tenaz para salir adelante en las dificultades; un joven alegre y comunicativo, entusiasta del alpinismo; un estudiante de Teología fervoroso, amable y responsable; un joven sacerdote, modelo de entrega y hecho «todo para todos». Pasó por este mundo sin hacer mucho ruido, pero con una vida totalmente entregada a Dios y al prójimo.

 

DATOS BIOGRÁFICOS

 

Nace el 12 de enero de 1871 en Berchtesgaden, conocida aldea alemana, situada en el sureste del país y, por ello, perteneciente a la región de Baviera. Ocupa el segundo lugar en una numerosísima familia de dieciséis hermanos. Es el mayor de los varones. Lo bautizaron el mismo día de su nacimiento.

Su padre se llamaba Gaspar Stanggassinger y la madre Crescencia Hamberger. El padre era un labrador acomodado y propietario de una cantera y hombre de profundas convicciones religiosas. La madre era una muy buena esposa y madre; de espíritu alegre y profunda piedad, gran creyente y educadora cristiana de sus hijos.

Comenzó la escuela a los seis años. De un talento normal, aunque, unos años más adelante, encontrará dificultades para el estudio. Los vencerá merced a su fuerte voluntad. Desde muy pequeño siente el deseo de ser sacerdote; lo mantiene siempre hasta llegar a alcanzarlo. En sus años de infancia, a Gaspar le gustaba jugar a «hacer de sacerdote» y «predicaba» breves sermones a sus hermanos y hermanas; los llevaba incluso en procesión a una capilla en la montaña cercana a la propia casa. Antes de los nueve años venía sintiendo y manifestando tal deseo, pero a esta edad nos encontramos con un hecho que a muchos les puede sorprender. Es éste: en su diario nos contará que algo muy especial le pasó mientras ayudaba a misa el 21 de noviembre de 1880, y escribe así: «Vocación sacerdotal. Dios quiere que yo sea sacerdote».

Al cumplir diez años sus padres buscan un lugar donde su hijo se forme intelectualmente mejor que en el pueblo. Deciden mandarlo a Freising. Allí reside el sacerdote Roth, amigo de la familia Stanggassinger por haber estado de coadjutor en Berchtesgaden. Este sacerdote se compromete a alojar al niño en su casa. Desde allí irá todos los días a clase. Acusó el cambio de nivel en los estudios. Las matemáticas, de modo especial, le resultaban difíciles. Se aplicaba, pero no sacaba los frutos deseados. A base de trabajo salió a flote el primer año y, merced al esfuerzo y a la constancia, superó los estudios en los dos años siguientes. Además, se hizo querer por todos.

A los trece años es admitido como interno, en el seminario menor de Freising. Deja, pues, la casa del sacerdote Roth. Su meta no es otra que el sacerdocio. Por eso, tanto sus padres como él piensan que aquel es el lugar adecuado para prepararse. Durante su estancia en el seminario refirma su espontaneidad y sencillez, en sus estudios sin ser el más destacado, si fue aventajado, habiendo desaparecido las dificultades de años atrás.

Durante las vacaciones, reunía a grupos de jóvenes a los que enfervorizaba en la vida cristiana, animaba a formar entre ellos un grupo y le ayudaba a organizar su tiempo libre. Todos los días asistía el grupo a misa, hacían excursiones o peregrinaciones. Gaspar se dedicaba mucho a ellos e incluso, en una ocasión, arriesgó su vida para salvar a uno durante una escalada en la montaña.

En su camino de preparación para el sacerdocio, hay que enmarcar el voto de castidad que a sus dieciséis años hizo con permiso de su confesor y profesor, el sacerdote Plenthner. En 1887, comienza a escribir un diario espiritual que, de la lectura del mismo se sabe que acudía con sus oraciones al Espíritu Santo, agradeciéndole por darle fortaleza espiritual y al que invita insistentemente para que «entre en su corazón». Le pide también, fuerzas a fin de «estar siempre atento para conocer el bien y la verdad, y rechazar y aborrecer el mal y la falsedad».

Terminado sus cursos de Bachiller debió decidir sus futuros estudios. Algunos le aconsejaron otros derroteros, pero su decisión era firme: el Seminario Mayor para comenzar la carrera eclesiástica. Así en 1890 la disyuntiva era a qué Institución asistir, a Freising que conocía y cerca de Munich, o al Seminario de Eichstätt, ya que por aquel entonces gozaba de más prestigio. Decidió ingresar al Seminario diocesano de Freising para comenzar sus estudios de teología. A fin de descubrir mejor la voluntad de Dios, se entregó a un riguroso programa de oración. Bien pronto vio claro que el Señor lo llamaba a vivir su vocación como religioso.

Su diario también muestra los dos pivotes en torno a los cuales gira su vida espiritual: opción radical de seguir a Cristo y la firme convicción de que todo avance en el amor a Dios y al prójimo es un don gratuito. Esto lo vive con una sencillez extraordinaria pasando casi desapercibido. Se propone, y lo consigue, ser amable y educado con todos, a pesar de que su carácter es del estilo del de su padre, fuerte y enérgico. En el segundo curso del Seminario Mayor, escribía en su diario: «Alégrate con los pequeños progresos. No pretendas hacer grandes cosas. Desconfía de esas elevadas cumbres y del afán por las cosas extraordinarias». Al final de ese curso, recibe las primeras Órdenes Menores, en concreto el 2 de abril de 1892. En su diario anota: «He llegado a ser clérigo por la gracia de Dios… Dios mío dame una verdadera inquietud y que no me falte nunca tu gracia».

 

DECISIÓN IRREVOCABLE: SER REDENTORISTA

 

En las vacaciones de 1892, decidió en forma irrevocable y definitiva ser redentorista. Era una idea que tenía desde que era seminarista en Freising. En ese entonces había un conflicto entre el Estado alemán y la Iglesia Católica, conocido con el nombre de Ley Kultukampf, éste fue particularmente cruel con los Redentoristas, por lo que un grupo de ellos se estableció, el año 1883, en Dürrnberg (Austria), en la frontera con Alemania, y a menos de diez kilómetros de Berchtesgaden.

Dürrnberg era un centro de peregrinaciones marianas. Gaspar fue allí muchas veces, desde niño, y luego siguió yendo en las vacaciones durante sus años de estudiante. En estas ocasiones acostumbraba a confesarse con los Redentoristas que atendían el Santuario, por los que se sentía especialmente atraído por sus consejos.

Antes de su entrada en la Congregación ya era devoto de San Alfonso. Había leído algunos de sus libros. También había peregrinado hasta el sepulcro de San Clemente que se encuentra en Viena.

Al concluir las vacaciones de verano de 1892, estando con un grupo de amigos en una de sus tan frecuentes excursiones de montaña, se despidió de ellos y como peregrino fue a Altötting para visitar y venerar la milagrosa imagen de la Madre de Dios que allí es objeto de veneración. Rezando en aquel templo, sintió que Dios le llama para que se presente, sin más demora, a los Redentoristas de Gars, a orillas del Inn. Se fue inmediatamente a pedir el ingreso en la Congregación. Es  citado para ingresar en Gars a principios de octubre. Volvió a Freising para comunicar su decisión y despedirse de superiores y compañeros. A nadie extraña esta noticia. El rector del Seminario, quizá quien mejor lo conocía, le dijo que no le sorprendía su decisión, que hacía tiempo que lo veía claro que fuera religioso. El arzobispo de Munich, le concedió el permiso, aunque de mala gana, tenía puestas muchas esperanzas en este joven seminarista de veintiún años.

Después de despedirse de tantas personas y cosas queridas en Freising, el 4 de octubre fue a Berchtesgaden para despedirse de sus padres y hermanos. La primera en conocer su decisión fue su madre: «Madre, me voy con los Redentoristas». «Pero, cuándo, hijo». «Pasado mañana». La madre, mujer de fe y de buen temple, se aviene enseguida y se somete a lo que ve que es la voluntad de Dios.

Había que comunicarlo al padre. Resuelve que lo haría al finalizar el rezo del Rosario. Toda la familia, de rodillas, rezaba diariamente el Rosario y otras oraciones al caer la tarde. Al terminar Gaspar continuo de rodillas y dijo a su padre: «Padre, tengo que comunicarle una cosa». «¿Qué quieres comunicarme?». «Pasado mañana me voy para Gars con los Redentoristas y le pido, ahora, su consentimiento y bendición para entrar en el convento». El padre no se lo podía creer. El padre pasó por momentos de perplejidad, de recriminaciones, de silencios. No se hacía a la idea. Él metido en política como estaba, no podía ver con buenos ojos que su hijo se fuera con los Redentoristas. ¡Qué iban a decir de él!. La Congregación del Santísimo Redentor había sido prohibida en Alemania por las leyes dimanadas del Kulturkampf y aún quedaban resabios de aquella prohibición. «No Gaspar. No puedo aprobar lo que me pides». «Padre, debo hacerlo. Es la voluntad de Dios. La Virgen me dice que debo ser Redentorista». Los hermanos, también de rodillas, se unen a la petición de Gaspar, pero el padre no cede. Al fin no le prohíbe marcharse, pero tampoco lo aprueba ni da su bendición. Pasarán varios años para que el padre se sienta satisfecho con esta decisión de su hijo.

 

NOVICIADO

 

El 6 de octubre de 1892 ingresa en el Noviciado Redentorista de Gars. El 26 de este mismo mes escribe a sus padres y hermanos.  «Compartid conmigo la alegría que siento. Me encuentro bien. No he sentido el más mínimo arrepentimiento por haber seguido la voz de Dios». El 29 de noviembre viste el hábito Redentorista. Todo su esfuerzo lo encamina a «hacer la voluntad de Dios», conforme al espíritu genuino del Fundador, San Alfonso. Ve que la voluntad de Dios está, para él, en hacer bien las cosas sencillas de cada día.

El 16 de octubre de 1893 pronunció sus votos religiosos. Para ello, Gaspar y sus compañeros se trasladaron a la localidad austríaca de Dürrnberg. Aquí, en el convento de los Redentoristas, que ya conocía de antes, hizo su Profesión Religiosa.  Aún quedaban rescoldos del Kulturkampf y los superiores no se atrevieron a celebrar en tierras alemanas aquel acontecimiento. Dürrnberg, aunque en Austria, dista muy poco de Berchtesgaden, y allí fueron sus padres para abrazar al hijo en tan memorable día. Su padre, después de un año, ya se había ido haciendo a la idea de que aquel era el camino para su hijo. Pero aún no estaba del todo convencido. Su madre sí estaba gozosa de ver tan contento y entusiasmado a su hijo. Con ocasión de su Profesión Religiosa, escribió Gaspar en su diario: «Ahora la alianza con Dios se ha realizado. Pertenezco ya totalmente a Dios, a su Santísima Madre, a San Alfonso y la Congregación del Santísimo Redentor».

 

SEMINARIO REDENTORISTA: De Gaspar a Stanggassinger

 

Los dos años que transcurren desde su Profesión hasta su Ordenación sacerdotal fueron realmente intensos y bien aprovechados. Estos dos últimos cursos los hace en Dürrnberg.

Allí se preparan una veintena de jóvenes Redentoristas. Al principio tuvo Stanggassinger, ahora le llamaban así, ciertas dificultades para seguir la marcha del curso con sus compañeros, mejor preparados, en general, que él. La seriedad y el rigor en los estudios eran allí excelentes. Prácticamente todas las clases eran en latín en el que, tanto profesores como alumnos, se desenvolvían sin ninguna dificultad. Pero a él le era más difícil su comprensión. Con su férrea voluntad e interés, fue haciéndose a los nuevos métodos y sus resultados académicos fueron buenos desde el principio, y en progresión.

El profesor que, durante este tiempo, más impactó al joven Stanggassinger, fue, sin duda, el Padre Eugen Rieger. Era prácticamente un anciano, pero de una fuerte personalidad, con un método de enseñanza sobrio, pero profundo y de rigor científico. Del padre Rieger toma Stanggassinger dichos y frases que traslada a su diario. Son frases lapidarias que le ayudan a fortalecer su personalidad y a reforzar sus convicciones religiosas. Entre muchas, podríamos entresacar algunas: «Al hombre no lo hace sabio y sensato el decir muchas cosas sino el pensar y reflexionar seriamente». «El estudio serio y concienzudo ayuda a purificar la fe». «El estudio de la Teología, sin rezar, convierte con facilidad a uno, en un loco peligroso».

Las clases y los métodos especulativos del padre Rieger iban bien para el carácter serio y responsable de Stanggassinger. Pero a la vez muestra interés y entusiasmo por las clases y estudio de las asignaturas que le preparan más directamente para el ministerio pastoral con las gentes. Esas clases eran, sobre todo, las de Teología moral, Teología pastoral y las prácticas de preparación para la predicación.

Con respecto a estos dos años, existe el testimonio unánime de los superiores y compañeros, al afirmar que se ganó la amistad de todos, que era un trabajador incansable, compañero agradable y religioso ideal. De este tiempo son, entre otras muchas, estas frases y resoluciones que se ha entresacado de su diario: «Ser amor o no ser». Y  queda concretado así: «El que ama a Dios se identifica totalmente con lo que Él quiere». Él sabe que a Dios se le ama concretamente en el hermano y por eso  «Quiero ser amable, indulgente, pacífico; no quiero causar molestias a nadie. Quiero amar cordialmente a mis hermanos. Quiero medir las palabras. Me propongo no sermonear a nadie; no juzgar a los otros, ya que eso le toca a Dios y Dios trata a mis hermanos con mucha misericordia; quiero mostrarme afectuoso con todos». ; pero lo bueno es que, según el testimonio de los que vivieron con él, lo que escribió en su diario era un fiel reflejo de lo que  hacía y practicaba,  de un modo natural, sin llamar la atención.

 

ORDENACIÓN SACERDOTAL

 

Fue recibiendo a su tiempo, todas las Órdenes Menores y el Subdiaconado. El 21 de septiembre de 1894, recibe el diaconado. Al fin llegó la fecha por la que había suspirado durante toda su vida: El 16 de junio de 1895, recibe la Ordenación Sacerdotal. Fue en la catedral de Regensburg (Ratisbona), a donde tuvo que trasladarse para ello. «Soy sacerdote por la gracia de Dios», anota en su diario. Días antes, durante los ejercicios espirituales preparatorios para la Ordenación, había trazado, también en el diario, el programa de su futuro: «Mi única intención al recibir el sacerdocio, es la gloria de Dios y la salvación de las almas; por ello me entrego enteramente a la voluntad de Dios. Que los superiores dispongan de mí para lo que ellos juzguen más conveniente; me someto a su voluntad, tanto si me destinan para la enseñanza en el Seminario, como si lo hacen para las misiones; y lo mismo, sea aquí o lejos, en cualquier parte del mundo. Con la gracia de Dios quiero hacerme todo para todos. Por gusto, yo escogería dedicar mi vida a la predicación entre los pobres, los indigentes, los humildes… ¡Quiero ser un instrumento en manos de Dios y esto sólo lo conseguiré allí donde me coloque la obediencia!». ¡Imposible tener mejores intenciones y mejor disponibilidad!

Una semana después de su Ordenación, regresó a su tierra natal. Fue para celebrar su primera Misa con los suyos. Mucha fiesta, mucha alegría. Al terminar aquel día de fuertes emociones, en la noche, se recoge en su cuarto, reza las completas y, antes de acostarse, escribe una carta al Padre Provincial. Entre otras cosas le dice: «He terminado en mi pueblo, el día de mi primera misa. Acabo de rezar las completas. Solo en mi cuarto, doy gracias al buen Dios, a su Santísima Madre, a nuestro padre San Alfonso, por los favores que he recibido; yo que no soy más que un pobre hombre. Nunca hubiera sospechado lo que es y experimenta un sacerdote en el altar si no lo hubiera experimentado por mí mismo. Después de la Consagración me embargó como un temblor tan grande y tan íntimo que no me dejaba acertar a hacer las cruces al pronunciar las palabras: Hostia pura, Hostia Santa, Hostia inmaculada, a pesar de mis esfuerzos por controlarme». Con estas reflexiones escritas, terminó el día de su primera Misa en Berchtesgaden.

 

PROFESOR Y FORMADOR DE LOS SEMINARITAS

 

La disponibilidad manifestada en los ejercicios espirituales preparatorios para su ordenación tiene ocasión de ejercitarla bien pronto. El primer destino del joven Padre Stanggassinger es ser profesor y prefecto en el Seminario Menor Redentorista de Dürrnberg. Él hubiera preferido ser misionero en activo y no le hubiera desagradado el ser enviado con este cometido a tierras lejanas. En aquel entonces estaban yendo numerosos Redentoristas alemanes a tierras de América del Sur. La Provincia Redentorista Alemana del Norte (Provincia Renana) estaba mandando sacerdotes extraordinarios a Argentina, donde se fueron abriendo nuevas casas después de la primera fundación en Buenos Aires, en 1883. Lo mismo estaba haciendo la otra Provincia, la del Sur, denominada Provincia Bávara o de Munich. A ésta pertenecía el P. Stanggassinger. Esta Provincia escogió Brasil como campo de siembra evangélica. Los primeros Redentoristas que llegaron a Brasil en 1894, comenzaron su apostolado en el Santuario de la Aparecida: «Nossa Senhora da Conceiçao Aparezida». Buenas bases supieron poner aquellos primeros Redentoristas en este lugar, Santuario de la Virgen, en orden a la evangelización. La actividad misionera que desde este Santuario han ejercido y ejercen, hoy día, los Redentoristas, es una de las más relevantes en el mundo católico. Detrás de esta primera fundación, vinieron otras y ya en 1905 se abrió en Penha el Noviciado.

El fervor misionero estaba a flor de piel, por aquel entonces, en los Redentoristas de las dos Provincias alemanas, y, de modo especial, en el joven Padre Stanggassinger. Sin embargo, su destino estaba en el Seminario Menor Redentorista. Será Prefecto, para ser como la mano derecha del director, y Profesor.

Toda su actividad la centra, desde el primer instante, en formar integralmente a aquellos jóvenes que la Congregación le ha encomendado para que los prepare a ser Misioneros Redentoristas. El Padre Stanggassinger comienza con las ideas bien claras. Suyas son las siguientes palabras en su primer día de clase: «Hoy vengo a esta clase para ser vuestro profesor, porque es la voluntad de Dios, manifestada por medio de los superiores. Mi deseo era haber sido enviado a misiones; pero la voluntad de Dios es ésta y gustoso la acepto. Comienzo esta etapa de mi vida sabiendo que se me encomienda una muy noble tarea: nada menos que la de formar futuros misioneros».

Stanggassinger no será, pues,  Misionero de vanguardia, pero sí educador-formador de misioneros. Estos lo recordarán más tarde, y nos dirán que nadie como él para despertar en los alumnos el entusiasmo misionero. Se ajusta a un horario apretado de clases. Se le encomienda el entonces llamado «tercer curso de latín». Jóvenes con una edad media de dieciséis años. Con ellos tiene las clases de alemán, latín y griego. Además, clases de religión en varios cursos, y otras clases de las llamadas «disciplinas accesorias». Hay que añadir el gran trabajo que se imponía de corregir, diariamente, los cuadernos de los alumnos. Para esto tenía que emplear, normalmente, las horas de la noche, ya que como Prefecto no quedaba libre hasta entonces. Él se las arreglaba para sacar tiempo de donde fuera y preparar y perfeccionar así sus clases. Los alumnos decían que las daba como nadie, sobre todo por la claridad y el entusiasmo. También recuerdan la paciencia ilimitada que tenía con los alumnos menos aventajados. Les repetía las cosas y hasta les animaba manifestándoles las dificultades que él mismo había tenido en sus primeros tiempos de estudiante. Tenía un don especial para relacionar las cosas de la clase con la vida práctica y con lo referente a la vida misionera. Los alumnos son los que han contado múltiples anécdotas con las que sabía amenizar sus clases. Y así los cuatro años de su joven sacerdocio.

El Padre Stanggassinger educador-formador: es el mismo que como profesor. No distingue y trata siempre de formar integralmente a sus alumnos. Se preocupa y lee libros que tratan de temas pedagógicos. Toma numerosos apuntes y lleva a la práctica lo anotado. Muchas de esas ideas las entresaca del famoso teórico de la educación, el obispo francés Dupanloup: «Es necesario crear estímulo en los jóvenes estudiantes». «Hay que esforzarse en orientar sus sentimientos y su voluntad, y huir de obligarlos por la fuerza». «Lo fácil es castigar; lo efectivo es hacer que reconozcan sus faltas y errores». «El educador se ha de convencer de que poco hace, pero mucho puede suscitar». «Hay que acostumbrar a obedecer no por obligación sino por convicción». «El que trata de educar ha de tener siempre como consejeras a la tolerancia, a la paciencia y a la entrega».

Llevar a la práctica estos principios en aquellos tiempos y en el ambiente en que se movía el P. Gaspar era una verdadera maravilla. Él lo consiguió. Es verdad que, al principio, siguiendo las costumbres de la época y el modo de obrar de los compañeros, tendió hacia la severidad; pero bien pronto cambió de método y se convirtió en el educador «atrayente y cordial» del que hablan los que le conocieron. Se había propuesto muy en serio, y lo había escrito en su diario «Ser servidor de todos». Por eso  «Si alguno de los alumnos llama a mi puerta, aunque tenga que interrumpir múltiples veces mi tarea, no debo manifestar ningún desagrado, sino que debo recibir a cada uno con ánimo alegre, como si no tuviera absolutamente nada que hacer».

Con estos propósitos, escritos y cumplidos, no es extraño que se captara la entera confianza de sus alumnos. Uno de ellos escribirá más tarde: «Sobrecargado de trabajo como estaba, su puerta siempre la encontrábamos abierta. Lo mismo que un padre cariñoso, se había ganado la confianza de todos nosotros y todos acudíamos espontáneamente a él. Se sentía satisfecho sonriendo y de esta forma se comportaba durante todas las horas del día».

Recuerdan también como se preocupaba, de modo especial, de los alumnos que se enfermaban: «Continuamente iba a la enfermería, animaba a los enfermos, rezaba con ellos, les contaba cosas incluso personales para así hacerles el rato agradable».

El Padre Stanggassinger como prefecto: era el que acompañaba a los alumnos seminaristas a todas partes. Los despertaba por las mañanas, les mandaba a dormir por las noches. Iba con ellos al comedor, los acompañaba en los recreos, organizaba los juegos y deportes, salía con ellos tres veces por semana de paseo, organizaba con frecuencia excursiones que calificarán, los que con él las hicieron, de «inolvidables». En estas excursiones era todo un experto. No en vano había sido su deporte favorito, desde niño, hasta su entrada en la Congregación, habiendo recorrido palmo a palmo los hermosos parajes de su tierra, y todos los altos montes alpinos de los alrededores de Berchtesgaden.

Jóvenes decían de él:: «Manifestaba gran respeto con nosotros y si tenía que corregirnos, procuraba hacerlo en privado». Un alumno comentó que, en cierta ocasión, el P. Stanggassinger le impuso un castigo porque pensó que había hecho una fechoría. Resultaba que no era culpable. «Cuando se enteró el Padre de su error, dice el interesado, se puso de rodillas delante de mí, estando todos presentes. Dijo que se había equivocado y me pidió que lo perdonara. Yo estaba tan emocionado que se me llenó la cara de lágrimas». ¡Cómo no se iba a hacer querer si era esta su manera de obrar!

Como compañero, miembro de una comunidad religiosa, el Padre Stanggassinger estaba siempre dispuesto a ser «todo para todos». Además del trabajo, llevaba la contabilidad del Seminario, hacía de secretario de Estudios, se le encargaba redactar los estatutos de la Comunidad, trabajaba casi hasta la extenuación con motivo del traslado del Seminario a Gars.

Tenía una sutileza especial para limar asperezas entre los miembros de la Comunidad. Como siempre, hay tensiones entre los congregados mayores de la casa y los profesores del seminario, más jóvenes y emprendedores. Era como el punto medio y de apoyo entre los innovadores más jóvenes, a veces demasiado exaltados, y los superiores y mayores que veían peligros por todas partes en cualquier reforma. A los primeros les hacía ver la conveniencia de la calma y hasta con firmeza supo censurar a algunos por el modo irracional y excesiva insistencia a la hora de proponer y exigir los cambios. Y eso que él estaba de acuerdo con lo que se deseaba conseguir. A los segundos procuraba tranquilizarlos y lo conseguía.

Todo lo dicho hasta aquí tenía unos apoyos profundos: ni más ni menos que su vida interior. Hizo de su vida y de su actividad una permanente oración, a la que dedicaba largos ratos al silencio. El cumplimiento de la voluntad de Dios era como el eje de su vida ya que, según decía: «Ser Santo no es más que vivir haciendo la voluntad de Dios». Su vida espiritual estaba, además, adornada con el colorido de una devoción muy entrañable a María. «Ella, dice, es la que mejor sabe llevarnos a Jesús».

Su actividad apostólica hacia fuera fue escasa. Las ocupaciones encomendadas por obediencia no se lo permitían. Aun así, no desaprovechó las oportunidades que se le ofrecieron: algunas predicaciones en lugares cercanos y sobre todo, con cierta frecuencia, dedicación al confesionario. Se notaba especialmente concurrido cuando el P. Stanggassinger se sentaba en él. Si no fue un Misionero en activo, sí lo era en la retaguardia y de modo especial, formando a los futuros Misioneros. Esta tarea la tenía en grandísima estima y por eso escribió lo siguiente: «Cuidar y ayudar a que se desarrolle la vocación en estos jóvenes seminaristas, es más que convertir a grandes pecadores y más que predicar brillantes misiones». Veía en ellos, naturalmente, a los Misioneros del mañana.

 

Profundamente devoto del Señor y de la Eucaristía, invitaba en sus predicaciones a la gente y a los jóvenes a acudir al Santísimo Sacramento en los momentos de necesidad y de duda. Animaba a ir a Cristo para adorarlo y para hablar con Él como con un amigo. Recomendaba frecuentemente a los fieles que tomaran muy en serio la vida cristiana, que crecieran en la fe mediante la oración y mediante una continua conversión. Su estilo era directo y convincente, sin amenazas de castigos, en contraste con lo que era habitual en las predicaciones de su tiempo.

 

ÚLTIMOS DÍAS Y MUERTE DEL PADRE STANGGASSINGER

 

Superado los inconvenientes al derogarse las leyes del Kulturkampf, los Redentoristas alemanes dispersos por algunas naciones europeas, poco a poco, regresaron a Alemania. Contemporáneamente se pensó en trasladar el Seminario de Dürrnberg (en Austria) a Gars (Alemania). Esto se llevó a cabo el verano de 1899. Quien cargó con el peso en todo lo que suponía aquel cambio, fue el Padre Stanggassinger. Los rumores que, por los días del cambio, comenzaron a correr de que el Padre Stanggassinger iba a ser el primer rector del nuevo Seminario de Gars, eran fundados, como se confirmaría más tarde. Pero iba a resultar que los superiores propusieron y Dios dispuso de otra manera.

El 11 de septiembre de 1899, él y los alumnos de Dürrnberg se trasladaron a Gars. El día 13 tiene lugar la bendición y la inauguración de aquel Seminario que ha perdurado hasta nuestros días Por la tarde de ese mismo día, comenzó el P. Stanggassinger los ejercicios espirituales de inicio de curso. Los predica y dirige él. Los termina, aunque ya no se siente del todo bien.

El día 22 durante el recreo con los alumnos, se siente sin fuerzas y tiene que sentarse. Éstos le rodean, charlan y le preguntan si es verdad que ha sido nombrado Director. Él, sonriendo, responde: «Quizá muy pronto me veré libre de ese cargo». El día 24, llegó a Gars el nombramiento oficial: El Padre Gaspar Stanggassinger Hamberger había sido nombrado Director del recién estrenado Seminario. El 25 se le administró el Sacramento de los enfermos. Le visitaron unos alumnos y él les animó a que sean fieles a su vocación: la de Misioneros Redentoristas.

A las cuatro menos cuarto de la madrugada del 26 de septiembre de 1899, su peregrinaje terreno se terminaba a causa de una peritonitis. Tenía entonces 28 años, le faltaban tres meses y medio para cumplir los veintinueve.

 

MODELO DE SANTIDAD

 

Su causa de canonización se inició en 1935 con el traslado de sus restos a la capilla lateral de la iglesia de Gars. El mismo día que da comienzo el proceso de canonización, se produce el primer gran milagro, al ser curada de un tumor de estómago sor María Teófilo. Sus reliquias se veneran en una capilla de la Iglesia Redentorista de Gars.

En 1986 San Juan Pablo II,  lo declara Heroico en la práctica de las virtudes cristianas. Y finalmente, el 24 de abril de 1988 lo declara Beato de la Iglesia Universal en Roma.

Su vida, testimonio vivo, ejemplo y modelo de los Redentoristas en una vida sencilla y totalmente entregada a hacer la voluntad de Dios con amor y negación de sí mismo. Hacer de su vida en humildad sencilla y alegre una oblación, prolongación de la Redención de Cristo.

El Beato Gaspar Stanggassinger, no destaca por los hechos extraordinarios. Destaca por su forma de vivir en la vida ordinaria, por su encuentro con Cristo en todo, por seguirlo con decisión y coherencia. Es un modelo de sencillez, que se toma en serio la realidad terrena, que ama la naturaleza, y disfruta de ella, de la familia y amigos, sin abandonar en ningún momento su vida espiritual y religiosa, sin exageraciones, de una forma sencilla y humilde.

 


 

 

ORACIÓN

 

Dios bondadoso, que al beato Gaspar Stanggassinger, presbítero,
hiciste relevante en proclamar la fe con alegría
y en formar a los jóvenes para el sacerdocio, te pedimos que,
ayudados por su intercesión y estimulados por su ejemplo,
seamos cooperadores del Divino Redentor
con nuestras palabras y con el testimonio de nuestras vidas.
Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.