Parroquia Santisimo Redentor Madrid

16 de Octubre: San Gerardo María Mayela -Redentorista –

SAN GERARDO MARÍA MAYELA (C.Ss.R) 

 

 

Hoy,  16 de Octubre,  de acuerdo al calendario Santoral Católico es la Festividad de San Gerardo María Mayela, Redentorista. Los actos litúrgicos se efectuaran en la Parroquia de la que es Titular, en calle Maqueda, 45, en  el Barrio de Aluche.

 

 

DATOS BIOGRÁFICOS DE GERARDO

 

Gerardo nace el 23 de abril de 1726 en Muro Lucano, pequeña localidad del Sur de Italia, del sastre Domingo y de Benedicta Cristina Galela.

Tiene la suerte de tener una madre que le enseñará el inmenso e ilimitado amor de Dios. Él llega a entender pronto que Dios está cerca de él; de ahí que adopte por lema “hacer la voluntad de Dios”, lo que Dios quiere.

Cuando Gerardo tenía diez años, su confesor le dio permiso de comulgar cada tercer día; como era una época en la que la influencia del jansenismo todavía se dejaba sentir, ello demuestra que el confesor de Gerardo lo consideraba como un niño excepcionalmente dotado para la piedad.

A la muerte de su padre, Gerardo, con doce años, tuvo que dejar la escuela y ayudar a la familia. Comenzó a trabajar como aprendiz de sastre en el taller de Martín Pannuto, hombre muy bueno, que lo comprendía y apreciaba. Sin embargo, uno de los empleados era un hombre muy brusco que solía maltratar a Gerardo y llegaba a enfurecerse por la paciencia con que soportaba sus majaderías.

Tras cuatro años de aprendizaje, justo cuando estaba capacitado para abrir una sastrería propia, entró al servicio del obispo de Lacedonia, hombre de duro carácter. A Gerardo eso no le asustó, y permaneció con él hasta su muerte, tres años después. En este tiempo Gerardo pasó largos tiempos de oración, que se convertían en la fuente de su propia vida.

En 1745, a los 19 años, volvió a Muro Lucano estableciéndose como sastre. Regalaba lo poco que tenía. Separaba lo que necesitaba su madre y sus hermanas, y el resto lo daba a los pobres. Quería servir totalmente a Dios, por lo que pidió ser admitido por los frailes capuchinos, pero su petición es denegada por ser de débil salud.

 

MISIONERO REDENTORISTA

 

Los redentoristas llegaron a Muro en 1749. Gerardo participó activamente en la Misión Popular y es conquistado por la vida de los misioneros. Pidió ser admitido como miembro del grupo, pero el superior, Padre Cáfaro, lo rechazó a causa de su salud enfermiza. Tanto insistió Gerardo a los misioneros que, cuando estos estaban a punto de marcharse, el Padre Cáfaro aconsejó a su familia que lo encerraran en su habitación.

Con una estratagema que, en adelante, seguirá encontrando eco especial en el corazón de los jóvenes, Gerardo anudó las sábanas de la cama y se descolgó por la ventana para seguir al grupo de misioneros. En la mesita dejó un mensaje a su madre: “Voy a hacerme santo”. Recorrió cerca de 18 kilómetros hasta alcanzar a los misioneros. “Llevadme con vosotros, dadme una oportunidad; y echadme a la calle si no valgo”, les dijo Gerardo. Ante tanta insistencia, al Padre Cáfaro envió a Gerardo a la comunidad redentorista de Deliceto, con una carta: “Les mando a otro hermano, que será inútil para el trabajo…”.

Gerardo se enamoró total y absolutamente de la forma de vida que san Alfonso, el fundador de los redentoristas, había previsto para los miembros de su congregación. Hizo su primera profesión como Hermano laico redentorista el 16 de julio de 1752.

La etiqueta de “inútil” no le duró mucho. Gerardo desempeñó todo tipo de servicios en la comunidad: jardinero, sacristán, sastre, portero, cocinero, carpintero y albañil. Además, sus palabras movían el corazón de la gente en las misiones, comprometido con el anuncio de la Buena Noticia.

 

MISIONERO DE CUERPO ENTERO

 

Con la profesión religiosa Gerardo tuvo la posibilidad de dedicarse completamente al servicio misionero. Ante la extrema pobreza de la casa de Deliceto, fue encargado de pedir limosna. Fue justo la ocasión para derramar sobre quienes encontraba la inagotable fuente de su caridad.

Comenzó a pedir en su pueblo natal y llenó de beneficios a la familia que lo hospedaba y a todos los bienhechores. Continuó luego en el lado oriental del Volture, pasando por Melfi, Rionero, Atella, Ruvo del Monte y Lacedonia.

Precedido por la fama de su santidad, Gerardo era bien recibido. Todos querían verlo, hablarle, escucharle, porque sabía comprender a los enfermos, leer en los corazones, disipar dudas, hacer desaparecer la indiferencia y comunicar el fervor religioso.

Gerardo había comprendido que para ser un verdadero apóstol tenía que ser también un mártir, o sea dar testimonio por Cristo con el sufrimiento físico o moral. Por esto aceptó dolores y humillaciones con toda alegría, como si fuesen preciosos regalos de Dios.

Un día, volviendo de Foggia, mientras por un atajo cruzaba un campo ajeno, fue echado al suelo por un violento garrotazo en las espaldas. Al recobrarse, se encontró encima un hombre enfurecido que lo atormentaba pegándole con la culata, y amenazándole a punta de cañón de su escopeta, gritándole entre risas de desprecio: “Caíste en la trampa. Hace tiempo quería pegarle a un cura. Justamente tú caíste en mis manos”. Gerardo recobró sus fuerzas, se arrodilló, y, entrelazadas sus manos, repetía: “Dale, hermano, pégame, que tienes razón”. Y repetía las mismas palabras mientras el otro descargaba sus golpes, hasta que, tocado por tanta paciencia, también se puso de rodillas murmurando: “Perdóname”.

Después se dejó ayudar y acompañar hasta su casa. Por el camino, a pesar del dolor por una costilla rota, preparó al joven para una buena confesión y al llegar, lo presentó al superior, diciendo: “Me caí del caballo y él me ayudó hasta acá. Lo dejo a su generosidad”.

 

UN PROBLEMA

 

Una prueba dolorosa le llegó en la primavera de 1754, al caer víctima de una horrible calumnia. Nerea, una chica de Lioni, en cuyo hogar Gerardo solía hospedarse, esperaba a un hijo, e indicó a Gerardo como al padre del niño. Gerardo fue llamado por el superior san Alfonso. Él, pensando que su voto de perfección le obligaba a no defenderse, guardó silencio; con eso no hizo sino meter en aprietos a su superior, que no podía creerle culpable. San Alfonso le prohibió durante algunas semanas recibir la comunión y hablar con los extraños, hasta que Nerea, vencida por los remordimientos, se retractó de la falsedad.

San Alfonso preguntó a Gerardo por qué no se había defendido. Este replicó: “Padre, ¿acaso no tenemos una regla que nos prohíbe disculparnos?” (naturalmente la regla no estaba hecha para aplicarse a esos casos).

Gerardo pasó cincuenta días de martirio, sobrellevados con confianza y serenidad, sin una palabra de disculpa. Repetía con frecuencia: “Mi causa es la causa de Dios. Si me quiere probar, que se haga su voluntad”.

 

ENTRE LOS LOCOS DE NÁPOLES

 

Reconocida y publicada su inocencia, fue enviado a Nápoles. Aquí destacó por su apostolado.
Comenzó dedicándose a los locos, que vivían en el patio interno del edificio de los Incurables. Tenía el carisma de penetrar en su interior y mover sus sentimientos. En poco tiempo fue su amigo y confidente, aún a riesgo de su integridad física.

Del hospital pasó a las calles: alivió a los pobres en su situación, a las prostitutas y sus protectores pidió radical cambio de ruta. Pasó luego a los talleres de artesanos y también se hizo artista: modelaba crucifijos aprovechando para ejercer el apostolado.

Con semejante ideal y espontaneidad entró en palacios de nobles y bajó a chabolas de pobres, llevando, como rayo de sol, luz y calor. Su fama crecía de día en día y llegó a la cumbre con un hecho extraordinario.

En junio de 1754 fue enviado a la comunidad de Materdomini. Allí quedó hasta la muerte. De preferencia tuvo el oficio de portero, y se aprovechó de él porque le daba la posibilidad de ayudar a los pobres.

En enero de 1755, las abundantes nevadas dejaron a muchos obreros sin trabajo y pan, con lo que aumentó el número de pobres que tocaban a la puerta de la casa religiosa. Con tanta miseria, Gerardo vació la ropería, la despensa y la cocina del convento; se despojó de su ropa personal, con tal de que los pobres tuvieran algo.

A este respecto, son conocidas sus técnicas de caridad: a los pobres que llegaban los calentaba, los alimentaba, envolviendo todo ello con exhortaciones cristianas. Volvían a sus casas alimentados en cuerpo y alma. Se conmovía con los niños y redoblaba el celo por llegar a todos.

 

“YA ME VOY”

 

La tarde del 21 de agosto de 1755, mientras se encontraba pidiendo limosna, tuvo una abundante pérdida de sangre. Intuyó que llegaba, también para él, la tarde de su vida. Quedó sereno, dispuesto a cumplir siempre la voluntad de Dios, como muestra esta carta que escribió al superior de la casa de Materdomini: “Estando de rodillas en la iglesia de San Gregorio tuve un esputo de sangre… Si quiere que me vaya, enseguida voy; si quiere que siga pidiendo, sin dificultad lo haré, pues, en cuanto a mi pecho, actualmente estoy mejor de lo que estaba en casa. Tos no tengo más. Lo siento, porque vuestra reverencia se preocupará. Alégrese, padre mío, que no es nada. Encomiéndeme al Señor, para que pueda hacer yo su divina voluntad».

El 31 de agosto, trastornado por la fiebre, llegó a Materdomini. En la puerta de su habitación escribió: “Aquí se hace la voluntad de Dios, como quiere Dios, y por todo el tiempo que Dios quiera”. Su lecho de dolor se cambió en el altar de su sacrificio. El doctor le preguntó si quería vivir o morir; él contestó: “¡Ni vivir, ni morir, solo quiero lo que mi Dios quiere!”. Mientras le administraban la unción, se le escuchó orar: “Señor, sabes que cuanto hice y dije, fue para honor y gloria tuya. Ahora, contento me muero porque creo haber buscado solo tu gloria y voluntad”.

El 15 de octubre preanunció: “Esta noche voy a morir”. Al caer la tarde, precisó más su partida, diciendo: “Siete horas más”. Terminadas las siete horas, Gerardo se fue. Era la una y media del 16 de octubre de 1755.

Los funerales tomaron proporciones grandes: todos pasaron lentamente en torno a su ataúd, llorando al bienhechor y amigo. Los más pobres suspiraban: “Hemos perdido a nuestro padre”.

De su vida y muerte llega también a hombres y mujeres de hoy un mensaje de libertad y alegría: de libertad interior, por su apasionado amor a Dios y a los hermanos; de alegría, porque por intermedio nuestro pasa Dios a recrear el mundo.

 

UN SANTO FAMOSO POR SUS MILAGROS

 

Tras su muerte, se producen milagros en toda Italia, atribuidos a la intercesión de Gerardo. En 1893, el Papa León XIII lo beatifica, y el 11 de diciembre de 1904 el papa san Pío X lo canoniza, proclamándolo Santo de la Iglesia Católica.

Pocos santos son recordados por tantos milagros como los que se le atribuyen a san Gerardo. Lo más importante eran sus milagros para ayudar a los demás como, por ejemplo, devuelve la vida a un chico que se había caído desde una roca; bendice la escasa cosecha de una familia pobre; multiplica el pan que reparte a los pobres; camina sobre las aguas para conducir un barco lleno de pescadores y llevarlo a puerto seguro…

Se le atribuyen muchos prodigios a favor de las madres, protegiéndolas en el embarazo, ayudándolas a tener un buen parto e inspirándolas en la educación de los niños. Las madres acudían con mucha confianza a él. Gerardo veía en cada nueva vida un don de Dios que se debe cuidar y proteger.

Debido a los milagros que Dios ha obrado por intercesión de Gerardo en favor de las madres, las mamás de Italia pusieron gran empeño en que la Santa Sede nombrara a san Gerardo patrono suyo. En el proceso de beatificación se asegura que Gerardo era conocido como “el santo de los partos felices”.

Muchos hospitales dedican su departamento de maternidad a este Santo y distribuyen entre sus pacientes medallas e imágenes con su oración.

San Gerardo sigue siendo hoy un modelo para todos, especialmente para los misioneros redentoristas, por su búsqueda constante de la voluntad de Dios y por su amor a Jesucristo, crucificado y resucitado, Buena Noticia de Salvación.

 

EL PAPA SAN JUAN PABLO II Y SAN GERARDO

 

El papa San Juan Pablo II, en el año 2004, con motivo de los 100 años de la canonización de san Gerardo y los 250 de su muerte, dijo: “San Gerardo Mayela es uno de los pequeños, en los que Dios ha hecho brillar la fuerza de su misericordia. Entró muy joven en el instituto misionero redentorista, con la firme voluntad de ‘ser santo’. El ‘sí’ gozoso y confiado a la voluntad divina, sostenido por una oración constante y por un notable espíritu penitencial, se traducía en él en una caridad atenta a las necesidades espirituales y materiales del prójimo, sobre todo de los más pobres. Gerardo, a pesar de no haber realizado estudios particulares, había penetrado en el misterio del reino de los cielos y lo irradiaba con sencillez a los que se acercaban a él. Sentía con fuerza la urgencia de la conversión de los pecadores, y por esta causa trabajaba incansablemente; del mismo modo, sabía sostener y animar a los llamados a la vida religiosa”.

 

 

Oración por las mamás y los niños

 

Dios y Padre nuestro, tú sembraste en san Gerardo Mayela
un amor increíble a tu Hijo Crucificado, con quien se identificaba,
ayúdanos a seguir siempre sus pasos
y ofrecerte nuestra vida sin guardarnos nada.

Te invocamos, Señor de toda vida,
que concediste a san Gerardo, a lo largo de su corta existencia,
un especial cuidado por la vida naciente y las mujeres embarazadas.
Este rasgo típico de su caridad constituye para toda la Iglesia
un estímulo a amar, defender y servir siempre a la vida humana.

Bendice, por intercesión de san Gerardo,
a todas las mujeres que esperan un nuevo nacimiento
y a los hijos que llevan en sus entrañas,
para que lleguen sanos a un feliz alumbramiento.

Y a toda tu Iglesia dale el don de amar, anunciar, defender
y ofrecer la vida, que es el mismo Redentor Jesucristo,
que vive y reina contigo por los siglos de los siglos. Amén.