Parroquia Santisimo Redentor Madrid

25 de Marzo: Domingo de Ramos

 

 

 

PRIMERA LECTURA: Lectura del libro de Isaías (50, 4-7)

 

Mi Señor me ha dado una lengua de iniciado, para saber decir al abatido, una palabra de aliento.

Cada mañana me espabila el oído, para que escuche como los iniciados. El Señor Dios me ha abierto el oído; y yo no me he revelado ni me he echado atrás.

Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que mesaban mi barba. No oculté el rostro a insultos y salivazos.

El Señor me ayuda, por eso no sentía los ultrajes, por eso endurecí el rostro como pedernal, sabiendo que no quedaría defraudado.

 

Palabra de Dios.

 

 

SALMO RESPONSORIAL- Salmo 21

 

R. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

 

Al verme se burlan de mí,
hacen visajes, menean la cabeza:
«Acudió al Señor, que lo ponga a salvo;
que lo libre si tanto lo quiere». R.

Me acorrala una jauría de mastines,
me cerca una banda de malhechores;
me taladran las manos y los pies,
puedo contar mis huesos. R.

Se reparten mi ropa,
echan a suerte mi túnica.
Pero tú, Señor, no te quedes lejos;
fuerza mía ven corriendo a ayudarme. R.

Contaré tu fama a mis hermanos,
en medio de la asamblea te alabaré.
Fieles del Señor, alabadlo;
linaje de Jacob, glorificadlo;
temedlo, linaje de Israel. R.

 

 

SEGUNDA LECTURA: Lectura de la carta del Apóstol san Pablo a los Filipenses (2, 6-11)

 

Hermanos:

Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango, y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo, y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble —en el cielo, en la tierra, en el abismo—, y toda lengua proclame: «¡Jesucristo es Señor!», para gloria de Dios Padre.

 

Palabra de Dios.

 

 

ACLAMACIÓN DEL EVANGELIO

 

Cristo, por nosotros, se sometió incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.
Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre».

 

 

 

EVANGELIO: Lectura del santo Evangelio según san Marcos (15, 1-39)

 

Apenas se hizo de día, los sumos sacerdotes, con los ancianos, los escribas y el Sanedrín en pleno, se reunieron, y, atando a Jesús, lo llevaron y lo entregaron a Pilato. Pilato le pregunto:

—«¿Eres tú el rey de los judíos?».

Él respondió:

—«Tú lo dices».

Y los sumos sacerdotes lo acusaban de muchas cosas. Pilato pregunto de nuevo:

—«¿No contestas nada? Mira cuántos cargos presentan contra ti».

Jesús no contesto más; de modo que Pilato estaba muy extrañado. Por la fiesta solía soltarse un preso, el que le pidieran. Estaba en la cárcel un tal Barrabás, con los revoltosos que habían cometido un homicidio en la revuelta. La gente subió y empezó a pedir el indulto de costumbre. Pilato les contestó:

—«¿Queréis que os suelte al rey de los judíos?».

Pues sabía que los sumos sacerdotes se lo habían entregado por envidia. Pero los sumos sacerdotes soliviantaron a la gente para que pidieran la libertad de Barrabás. Pilato tomó de nuevo la palabra y les preguntó:

—«¿Qué hago con el que llamáis rey de los judíos?».

Ellos gritaron de nuevo:

—«¡Crucifícalo!».

Pilato les dijo:

—«Pues, ¿qué mal ha hecho?».

Ellos gritaron más fuerte:

—«¡Crucifícalo!».

Y Pilato, queriendo dar gusto a la gente, les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.

Los soldados se lo llevaron al interior del palacio —al pretorio— y reunieron a toda la compañía. Lo vistieron de púrpura, le pusieron una corona de espinas, que habían trenzado, y comenzaron a hacerle el saludo:

«¡Salve, rey de los judíos!».

Le golpearon la cabeza con una caña, le escupieron; y, doblando las rodillas, se postraban ante él. Terminada la burla, le quitaron la púrpura y le pusieron su ropa. Y lo sacaron para crucificarlo.

Y a uno que pasaba, de vuelta del campo, a Simón de Cirene, el padre de Alejandro y de Rufo, lo forzaron a llevar la cruz. Y llevaron a Jesús al Gólgota (que quiere decir lugar de «la Calavera»), y le ofrecieron vino con mirra; pero él no lo aceptó. Lo crucificaron y se repartieron sus ropas, echándolas a suerte, para ver lo que se llevaba cada uno. Era media mañana cuando lo crucificaron. En el letrero de la acusación estaba escrito: «El rey de los judíos». Crucificaron con él a dos bandidos, uno a su derecha y otro a su izquierda.

Los que pasaban lo injuriaban, meneando la cabeza y diciendo:

—«¡Anda!, tú que destruías el templo y lo construías en tres días sálvate a ti mismo bajando de la cruz».

Los sumos sacerdotes con los escribas se burlaban también de él, diciendo:

—«A otros ha salvado, y a sí mismo no se puede salvar. Que el Mesías, el rey de Israel, baje ahora de la cruz, para que lo veamos y creamos».

También los que estaban crucificados con él lo insultaban.

Al llegar el mediodía, toda la región quedó en tinieblas hasta la media tarde. Y, a la media tarde, Jesús clamó con voz potente:

—«Eloí, Eloí, lamá sabktaní».

Que significa:

—«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?».

Algunos de los presentes, al oírlo, decían:

—«Mira, está llamando a Elías».

Y uno echó a correr y, empapando una esponja en vinagre, la sujetó a una caña, y le daba de beber, diciendo:

—«Dejad, a ver si viene Elías a bajarlo».

Y Jesús, dando un fuerte grito, expiró.

El velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo. El centurión, que estaba enfrente, al ver cómo había expirado, dijo:

—«Realmente este hombre era Hijo de Dios».

 

Palabra del Señor.

 

 

De entrada, contraste…

 

 

Entramos en la Semana Santa por medio de un domingo caracterizado por el contraste: por un lado, hay revuelo de ramos y de aclamaciones; por otro, bruscamente se nos coloca ante la trágica pasión de Jesús. Es la cara y la cruz de la vida; la ambivalencia del triunfo y de la humillación, del aplauso y de la amenaza; es también el juego turbio o la doble cara que mostramos muchas veces.

Esta semana, que decimos “santa”, es grande por sus signos, gestos y acontecimientos, que no son solo del pasado, sino que se prolongan o se renuevan actualmente. Hoy se sigue dando el doble juego del aplauso y la amenaza, de la aclamación y la pasión. En la actualidad Jesús sigue muriendo “victoriosamente” en tantas víc-timas que lo arriesgan todo como él: sigue salvando, orientando vidas, renovando esperanzas y reforzando convicciones. La Pascua es conversión hasta el amor total.

Resulta altamente expresivo el texto de la carta a los filipenses. A pesar de su condición divina, Jesús es el siervo despojado, que adopta una vida sin relieve (pasa por la existencia como uno de tantos), pero es servicial y sacrificado hasta el final. Esta manera de vivir le agradó a Dios extraordinariamente.

El Evangelio de la pasión muestra que ha llegado la “hora” de Jesús: el grano de trigo ha de caer en tierra y ha de morir para dar fruto. Jesús va a dar el golpe de gracia. Clavado en una cruz, va a proclamar su alternativa. Intentaron acabar con él, pero no se ha conseguido apagar su voz, ni enterrar su evangelio; al contrario, se ha convertido en la causa y la motivación que da sentido a muchas personas, entre las que nos contamos nosotros.

 

 

 

ORACIÓN COMUNITARIA

 

Te alabamos, Padre santo, por Jesús,
siervo y Señor, modelo de generosidad,
Redentor que entrega la vida voluntariamente.
Como una semilla vigorosa y fecunda,
se multiplicó en culto y obediencia.

Su estilo de vida te agradó.
El pueblo intuyó su valía y ejemplaridad,
lo admiró y lo aplaudió muchas veces;
pero no llegó a entender su originalidad,
lo condenó, lo torturó y lo crucificó como blasfemo.

Tú, Padre, siempre a su lado,
recogiste su cuerpo tronchado
y lo llenaste de resurrección.

Satisfecho y orgulloso de su vida,
lo presentas como el gran testigo y salvador.
Gracias, Padre, por Jesús: humano y ejemplar.